Nunca olvidaré ese día. Era domingo por la tarde; recuerdo que no tenía ganas de hacer nada —no quería salir a ningún lado, no quería leer, escuchar música o ver televisión—, solo quería sentarme y dejarme llevar por el tiempo.
Me dirigí a la cocina y tomé un poco de agua. Después, me fui a la sala y me recosté en el sillón. Era un sillón algo viejo pero bastante cómodo. Me gustaba pasar tiempo acomodado en ese mueble viejo pero reconfortante. Me senté, respiré hondo y empecé a cerrar los ojos; estaba decidido a no hacer nada.
En eso estaba cuando, de repente, empecé a oír unos golpes bastante estremecedores.
Alguien (¡o algo!) estaba tocando la puerta. Y digo que eran golpes realmente estremecedores porque quien tocaba la puerta parecía que quería derribarla. Me exalté un poco pero luego mantuve la calma —me había relajado tanto que mi imaginación se había echado a volar—. Eso sí, lo irritado nadie me lo quitó.
No quería abrir porque tampoco tenía ganas de ver a nadie. Pero seguían tocando la puerta, y cada vez con mayor insistencia.
Llegué a pensar que podría tratarse de algún vendedor, alguna persona buscando una dirección o, ya de plano, pensé que se trataba de unos testigos de Jehová, así que esperé cerca de un minuto y así tal vez se cansarían de tocar, se irían y me dejarían en paz. No fue así. Seguían insistiendo —y los golpes eran cada vez más irritantes—, y no me quedó de otra más que levantarme y abrir la mentada puerta.
A paso lento, algo enfadado y esperando que no fuera alguien conocido, me dirigí hacia la puerta. De manera perezosa levanté la mano derecha y sujeté la perilla, la giré a la izquierda y lentamente procedí a abrir la puerta. Incliné ligeramente la cabeza para ver de una vez por todas de quién se trataba.
No podía creer lo que había del otro lado de la puerta.
Era yo. Yo era quien estaba tocando la puerta. Sé que era yo; me reconocí casi al instante. No supe qué pensar; me quedé con la mente en blanco. No supe cómo reaccionar y no supe qué decir. Estaba estupefacto.
Me estaba viendo a mí mismo y seguía sin poder reaccionar. Mi otro yo tampoco decía nada, se encontraba inmóvil igual que yo. Ambos nos mirábamos fijamente. No podía creer lo que estaba viendo.
Estuvimos así durante varios segundos, hasta que, de repente, y al mismo tiempo y de manera coordinada, nos movimos ligeramente. Yo levanté ambos brazos para saludarlo, y él hizo lo mismo. Como si supiéramos que nos íbamos a encontrar, nos acercamos e inmediatamente nos fundimos en un abrazo. Un largo abrazo.
Tras el encuentro, nos miramos y con una sonrisa de complicidad asentimos con la cabeza, sin decirnos nada.
No recuerdo qué sucedió después. Aún sigo tratando de recordar y de entender lo que sucedió aquel día.
Sentado en aquel viejo sillón, continúo reflexionando al respecto.
Reviewed by José L. Bravo
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8:39 p.m.
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